Entra el río (Egaña, Artziniega, Herrerías o simplemente “El Río”) encajonado en un vallejo bajo Retes de Tudela, regando lugares de sonoros nombre como Júberiz o Gorgol hasta llegar al barrio de La Venta. A partir de La Venta el valle se abre hacia el este y el río, bordeando La Posada Del Río a un margen y La Rainilla al otro, se deja cruzar por el puente más antiguo de Artziniega, el de Barratxi. Tras el puente viejo, llega el nuevo, el que permite a la carretera que une Artziniega con Angulo y Villasana, y entonces el río se desliza junto a la ladera boscosa del monte Utxati hasta Los Alcinos y uno de los lugares más especiales para los artziniegarras: la presa de San Antonio y la cascada y fuente de La Teja, un precioso rincón donde acude mucha gente a pasear, a coger agua fresca de la fuente o a bañarse en verano lanzándose desde sus cuatro cinco metros a las aguas.
Antes de continuar aguas abajo, paramos un rato en La Teja (La Tejera según el catastro) y miramos hacia atrás en el tiempo para acordarnos de nombres ya olvidados en la memoria colectiva. Corría el año 1495 cuando debido a los pleitos territoriales que sostenía la Villa de Artziniega con la Tierra de Ayala se procedió a delimitar con precisión los límites territoriales. Se recurrió al dictado de cuatro jueces árbitros, que a su vez solicitaron ayuda al Bachiller Hernán Saez de Vallejo, morador de Anzo. Éste, tomo como punto de partida el mojón junto a la iglesia de La Encina, y se dedicó a fijar los límites de la Villa con Ayala. En su sentencia, va mencionando una serie de lugares, que hoy en día podemos situar geográficamente con bastante aproximación, incluso los que hoy en día no se conservan. Así, más o menos a la mitad de la descripción, el texto dice, más o menos: (...) del pozo negro de Soxoguti, al cuerno de Artumiaga (sic) y a la presa de Arrazuria (...). Simplemente conociendo un poco la geografía de la zona, enseguida nos damos cuenta de que el bachiller Saez de Vallejo probablemente se está refiriendo a la presa que hoy estamos visitando, puesto que se encuentra exactamente en el lugar que la sentencia da como límite de la Villa, ladera abajo del barrio de Artumiana y no parece que hayan existido más presas en lugares cercanos. Se descubre así, indagando un poco, el nombre que los antiguos habitantes de Artziniega daban a este lugar: Arrazuria ( probablemente de “arrazu” y “zuria”, el pedregal blanco).
Dejando atrás el ruido de la cascada, seguimos por el camino, por el lugar que hoy llaman El Molino. Hoy no vemos molinos, sino más bien el asfalto de las nuevas urbanizaciones que se han construido junto a otro salto de agua, más modesto que el de La Teja, donde hasta hace pocos años se embalsaba el agua en verano y se improvisaba una gran piscina natural. Un poco más adelante de esta antigua piscina hoy colonizada otra vez por sauces y plantas varias el río se encuentra de frente con la colina en la que se encuentra el núcleo urbano de la Villa de Artziniega y gira a la derecha, recibiendo las aguas del arroyo que baja de Sojo y bordeando el altozano de la villa por el sur. Surca entonces, ya más recto, las amplias vegas de La Bárcena, Araña, Arenaza (término que en realidad designa toda la ladera sur de la colina hasta el río), y también los términos de La Lastra, con su puente del siglo XVIII que la gente se empeña en llamar “romano”, y La Zapoza. De ahí en adelante, más allá del puente de Lapetaratxe, el terreno se vuelve a hacer amplio y se pasa por lugares como El Francés, Mugape y el barrio de Barretaguren. Los pabellones industriales que hoy en día “adornan” la margen izquierda del río no nos dejan imaginarnos el bucólico paisaje que hubo de rodear al río en esta zona, al contrario de lo que ha sucedido en la mayoría del recorrido. Son las cosas inevitables del progreso.
Tras Barretaguren, dejamos las verdes campas cruzando el término de Urtabe. Aquí le queda ya corto camino al río en antes de unirse en el barrio de Úreta (literalmente “las aguas”) al río Ibaízabal (nunca Ibalzibar) que baja desde el Valle de Angulo por el de Llanteno. El río Artziniega, el Egaña, pierde aquí su nombre, pero también lo pierde el Ibaízabal, que antaño aún lo aguantaba por el Valle de Gordexola; se convierte en Herrerías (nombre que toma de las numerosas ferrerías que existían en todo el valle hasta Sodupe, como por ejemplo la muy cercana de Artekona) y nos abandona lentamente, entre pinos, umbrías y huertas, para hacerse encartado en Albitxu y seguir haciendo paisaje y creando nombres en Iratzagorria.
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